"Dando demasiada importancia a las buenas acciones,
se tributa un homenaje indirecto y poderoso al mal."
Albert Camus
A la hora de definirnos como personas ante los demás, no es difícil terminar escapando a fórmulas comunes: en qué trabajamos, qué estudiamos, dónde vivimos. Respuestas bien generales y huecas que protegen nuestra identidad de la curiosidad ajena, obligando al interlocutor a asociar ideas y forzar estereotipos a partir de lo que conoce. Quizás en una segunda instancia de confianza pueda uno hablar de las más internas motivaciones, ideales, sueños, aspiraciones. Esto no es más que proteger la privacidad. Ahora bien, a la hora de definirnos al respecto de valores se nos dificulta saber quién es justo, quién es solidario, quién es piadoso, quién es amable, quién es sabio, quién es paciente, quién es franco, quién es valiente, quién es altruista y por encima de todas, quién es bueno. Más de una vez tomaremos éste valor como composición de los anteriores conceptos, asumiendo que ellos hacen a la bondad. Pero, habida cuenta que lo cultural influencia gravemente todos estos preceptos, no es posible considerar un valor único de bien. ¿Es la bondad única, superior, o es sólo la integracion de cuestiones sociales, y por tanto, contingentes?
Criado y educado en la férrea bondad cristiana católica, me es relativamente fácil establecer los límites del bien (dentro de las limitaciones que esto implica). Por mal que me pese, la mayor parte de mi pensamiento actúa en efecto de este aprendizaje. Y no es que sea algo negativo, sólo refuerza lo indicado con anterioridad: el bien que conocemos es una moneda local y su conocimiento cabal está más lejos de lo que nos permitimos aceptar.
La peste es una novela publicada por Albert Camus en el año 1947, donde aborda uno de los demonios más recurrentes en su obra: la idea del bien. Inserto el lector en una hipotética epidemia de peste bubónica en la ciudad de Orán de posguerra, Camus cuenta con su narrativa rica en imágenes y sentimiento, qué lleva a cada persona a actuar del modo que lo hace, y sobre todo, cuáles son las cargas morales y éticas que cada uno esta dispuesto a sostener para defender su modo de actuar. Desde la miseria hasta la desesperación por un lado y partiendo del altruismo y finalizando en la caridad por otro, los personajes que desfilan en estas funestas calles de desesperación no son mas que versiones del mismo autor, que se obliga a explorar sus sentimientos y reflexiones con el único fin de rastrear dónde reside la sustancia del bien, qué forma las buenas acciones independientemente de la fe y de las reglas sociales. En fin, qué implica ser bueno.
Llegados a este punto cualquiera dirá que suena a libro de autoayuda, dictando con ímpetu arrogante la receta de la bondad. Pues no, el autor no se rebaja a tal actitud denigrante. El francés apuesta por entender cuáles son las fuerzas naturales que crean la bondad, de qué modo lo que nos rodea, lo más cierto y menos social y aprendido, nos brinda una pista sobre la verdad final. Pues bien, de un modo simplista y desapasionado arriba a una conclusión sencilla: la cuestión es que no hay conejo bajo la galera, no hay mano divina asomando entre las nubes, no hay tabla de la ley, no hay nada. El universo es un chico caprichoso para el cual nosotros somos algo menos que curiosos como para afectar su juicio. Es el verdadero absurdo la ley universal y nada más.
La calle de esta Orán sitiada y sumida en la enfermedad abandona las reglas sociales, y allí, en la inmovilidad de la falta de rutina, los hombres hallan que sus vidas están vacías de contenido, que no son más que hojas flotando en un viento imprevisible, y que la muerte que tanto intentamos alejar ahora es un transeúnte más. Y con todo esto no es difícil extrañar el calor del control, de la civilización. Las acciones individuales ahora están regidas por la propia voluntad de hacer o no hacer, sus conciencias son las que miden sus actos y su resultado es exclusiva responsabilidad de ellos mismos.
Hacia el final del relato, la muerte de un chico después de una terrible agonía marca con claridad el discurso del autor, cuando el doctor Rieux, la cara de la caridad en el libro, no puede soportar el encasillamiento de la virtud de la compasión al que lo fuerza el padre Paneloux: "No padre. Yo tengo otra idea del amor y estoy dispuesto a negarme hasta la muerte a amar a esta creación donde los niños son torturados".
Con esta conclusión entre manos cabe inmediatamente preguntarnos dónde está el bien entonces, que era nuestra búsqueda original. Y la cosa es que el bien no es un resultado aritmético, siquiera un campo de estudio, no está definido y no hay modo de hacerlo. Todo lo que nos han enseñado son ideas de valores de terceros y no hay modo otro de conocer qué es el bien más que haciéndolo. Actuando a partir de lo aprendido y dándole movilidad a voluntad, sólo entonces hallaremos el modo de "dejar de asesinar al otro", pues la bondad únicamente se deja saber cuando hay calma de espíritu, conocimiento de que lo que se podía o debía hacer fue hecho. Nada más.
Hasta la próxima, suerte.
Criado y educado en la férrea bondad cristiana católica, me es relativamente fácil establecer los límites del bien (dentro de las limitaciones que esto implica). Por mal que me pese, la mayor parte de mi pensamiento actúa en efecto de este aprendizaje. Y no es que sea algo negativo, sólo refuerza lo indicado con anterioridad: el bien que conocemos es una moneda local y su conocimiento cabal está más lejos de lo que nos permitimos aceptar.
La peste es una novela publicada por Albert Camus en el año 1947, donde aborda uno de los demonios más recurrentes en su obra: la idea del bien. Inserto el lector en una hipotética epidemia de peste bubónica en la ciudad de Orán de posguerra, Camus cuenta con su narrativa rica en imágenes y sentimiento, qué lleva a cada persona a actuar del modo que lo hace, y sobre todo, cuáles son las cargas morales y éticas que cada uno esta dispuesto a sostener para defender su modo de actuar. Desde la miseria hasta la desesperación por un lado y partiendo del altruismo y finalizando en la caridad por otro, los personajes que desfilan en estas funestas calles de desesperación no son mas que versiones del mismo autor, que se obliga a explorar sus sentimientos y reflexiones con el único fin de rastrear dónde reside la sustancia del bien, qué forma las buenas acciones independientemente de la fe y de las reglas sociales. En fin, qué implica ser bueno.
Llegados a este punto cualquiera dirá que suena a libro de autoayuda, dictando con ímpetu arrogante la receta de la bondad. Pues no, el autor no se rebaja a tal actitud denigrante. El francés apuesta por entender cuáles son las fuerzas naturales que crean la bondad, de qué modo lo que nos rodea, lo más cierto y menos social y aprendido, nos brinda una pista sobre la verdad final. Pues bien, de un modo simplista y desapasionado arriba a una conclusión sencilla: la cuestión es que no hay conejo bajo la galera, no hay mano divina asomando entre las nubes, no hay tabla de la ley, no hay nada. El universo es un chico caprichoso para el cual nosotros somos algo menos que curiosos como para afectar su juicio. Es el verdadero absurdo la ley universal y nada más.
La calle de esta Orán sitiada y sumida en la enfermedad abandona las reglas sociales, y allí, en la inmovilidad de la falta de rutina, los hombres hallan que sus vidas están vacías de contenido, que no son más que hojas flotando en un viento imprevisible, y que la muerte que tanto intentamos alejar ahora es un transeúnte más. Y con todo esto no es difícil extrañar el calor del control, de la civilización. Las acciones individuales ahora están regidas por la propia voluntad de hacer o no hacer, sus conciencias son las que miden sus actos y su resultado es exclusiva responsabilidad de ellos mismos.
Hacia el final del relato, la muerte de un chico después de una terrible agonía marca con claridad el discurso del autor, cuando el doctor Rieux, la cara de la caridad en el libro, no puede soportar el encasillamiento de la virtud de la compasión al que lo fuerza el padre Paneloux: "No padre. Yo tengo otra idea del amor y estoy dispuesto a negarme hasta la muerte a amar a esta creación donde los niños son torturados".
Con esta conclusión entre manos cabe inmediatamente preguntarnos dónde está el bien entonces, que era nuestra búsqueda original. Y la cosa es que el bien no es un resultado aritmético, siquiera un campo de estudio, no está definido y no hay modo de hacerlo. Todo lo que nos han enseñado son ideas de valores de terceros y no hay modo otro de conocer qué es el bien más que haciéndolo. Actuando a partir de lo aprendido y dándole movilidad a voluntad, sólo entonces hallaremos el modo de "dejar de asesinar al otro", pues la bondad únicamente se deja saber cuando hay calma de espíritu, conocimiento de que lo que se podía o debía hacer fue hecho. Nada más.
Hasta la próxima, suerte.

1 comentarios:
Me llamo Florencia, trabajo de secretaria, vivo en Gran Buenos Aires, soy buena y te amo.
Y me encanta que hayas vuelto a escribir :)
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