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No es la primera vez que me permito expresar a cuatro vientos que en lo personal, cualquier tipo de fanatismo me parece potencialmente peligroso. Temerles por la violencia que pueden inspirar es mirar sólo la parte más visible de los mismos, puesto que cuando se revisa su núcleo de sentimiento puede apreciarse la real dimensión del asunto. No hay nada más hermoso que formar parte de un grupo de pertenencia: una nación, una familia, una parcialidad deportiva. Un grupo define y da constitución, hace sentirnos menos solos y es más, insertos dentro de la trama activa que mueve los hilos del destino. Es romántico y heroico: es la visión Siglo XIX de las épicas homéricas. Sin embargo, la ceguera suele ser el infaltable consorte de esta suma de voluntades, dado que mal que nos pese los hombres son distintos por naturaleza por incontables motivos, y cuando no es la voluntad la que reina, es la doctrina quien debe hacerlo. Y ese dogma fabricado todo lo abarca y está por encima mismo de los hombres.
Ágora es un film español curiosamente filmado en inglés que describe esa Alejandría del Siglo V, un verdadero avispero en ebullición. En resumidas cuentas, el balance de poder se está deslizando paulatinamente desde su origen greco latino hacia una creciente cristiandad impuesta por el estado romano. Y créanme, el horno no está para bollos.
Dentro de este mundo recreado está Hipatia, una chica que vive por y para sus reflexiones filosófico científicas, que inevitablemente por su potente influencia se ve envuelta en la trama política de la época. Estos sucesos la envuelven y determinan lentamente su inevitable y trágico final. Prolijamente interpretada por Rachel Weisz, nos introduce a ese universo de pensamiento e imaginación, haciéndose imposible parecernos por momento como ida, abandonada a sus deducciones astronómicas mientras el mundo gira y cambia y se cubre de sangre.
Su visión inteligente y medida se transformará desde fuente de saber y consejo hasta la más dolorosa blasfemia. Y no es caprichoso: no hay nada que le duela más al fanatismo que la razón, porque la inmediatez de su mensaje no ha de ser pensado y meditado y evaluado. Bueno, al menos en su población activa, esa masa viviente que obedece sin chistar. Seamos francos, los cristianos ahí no son más que los oprimidos que están gestando el cambio y en la desesperación, es fácil entrar en el juego.
La muerte de Hipatia es un sacrificio en nombre de un nuevo régimen que no acepta segundas visiones -independientemente de si son tan o más certeras-, es un símbolo de fundación. Su deceso, dentro de la película, es un paralelo de esa terrible metáfora que es el fin de la biblioteca. ¿Reiterativo? Seguro. ¿Necesario? Dependerá de cada uno.
En tanto, la rigurosidad histórica, la arriesgada lectura del director, la inevitable controversia religiosa, la morbosa violencia puesta en escena y su abultado presupuesto se hunden en el mar de la charlatanería, las conversaciones de café y los periódicos amarillistas: igual que con Harry Potter, te subís al tren de la pavada o hacés algo más.
La obra se consumará con una mínima y poderosa frase casi al final del relato, que sintetiza con asombrosa humildad el trajín de poco más de dos horas de narración. Allí, en lo más álgido de la obra, ante la posibilidad de rendirse a una última chance de sometimiento, con la salvación y condenación como únicas salidas, esa Hipatia imaginada por Alejandro Amenábar, que se nos hace irrealmente heroica, escogerá contestar: "Vos no podés cuestionarte lo que sabés, en cambio yo debo". Muerte y redención. Cierra el telón.
Hasta la próxima.

1 comentarios:
Y con esa línea, uno que yo sé abrió bien los ojos y lo perdí por el resto de la noche, jeje.
Creas o no, la recomendé.
Te amo ♥
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